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Reino de los Bosques · Capítulo I

Arelis

La rama que aprendió a abrazar
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En el Reino de los Bosques, todo crecía escuchando.

Las raíces escuchaban la memoria de la tierra. Las hojas escuchaban el paso del viento. Las flores escuchaban los secretos de quienes se detenían a llorar entre los árboles, creyendo que nadie más podía oírles. Pero el bosque siempre oía.

Entre todos sus árboles, había uno joven y luminoso llamado Arelis. No era el más alto, ni el más antiguo, ni el que daba las flores más hermosas. Sus ramas aún eran finas, sus hojas todavía pequeñas, y muchas veces se doblaba cuando el viento soplaba con demasiada fuerza.

Arelis creía que para proteger a alguien había que ser inmenso. Creía que solo los árboles grandes podían dar sombra, que solo los troncos fuertes podían resistir tormentas, que solo las raíces profundas podían sostener lo que amaban.

Hasta que una tarde, una muchacha llegó al claro del bosque. Venía cansada de cargar con sueños que nadie había cuidado. Se sentó bajo las ramas de Arelis y, sin saber que el árbol podía escucharla, apoyó las manos sobre la hierba y susurró que ya no sabía cómo seguir creciendo sin romperse.

Arelis sintió aquel dolor atravesar su corteza. No tenía un tronco enorme para refugiarla. No tenía raíces antiguas para prometerle certezas. No tenía flores mágicas con las que curar sus heridas. Pero tenía ramas. Pequeñas, jóvenes, temblorosas.

Y aun así, las inclinó hacia ella. Una a una, sus ramas descendieron con delicadeza, rodeando a la muchacha sin encerrarla. No la sujetaron con fuerza. No intentaron impedir que se marchara. Solo le ofrecieron un abrazo suave, verde, vivo. Un lugar donde descansar sin sentirse débil por necesitarlo.

Entonces el bosque comprendió algo que ni siquiera sus árboles más antiguos sabían: proteger no siempre significa ser fuerte. A veces proteger es saber acercarse con ternura.

Cuando la muchacha se levantó, ya no lloraba igual. Sus manos rozaron una de las ramas de Arelis, y allí donde sus dedos tocaron la corteza, brotó una pequeña luz verde. La rama se desprendió sin dolor y se curvó sobre sí misma, como si recordara el gesto de aquel primer abrazo.

Así nació Arelis. Una joya creada para quienes están aprendiendo a crecer sin endurecerse. Para quienes han sobrevivido a tormentas, pero aún conservan la ternura suficiente para abrazar. Para quienes entienden que la delicadeza también puede ser una forma de fuerza.

Dicen que quien lleva Arelis cerca de la piel recuerda que no hace falta ser inmenso para sostener a alguien. A veces basta con estar. A veces basta con acercarse. A veces una rama joven puede salvar un corazón cansado solo porque se atrevió a inclinarse.

Arelis
La joya de este capítulo
Arelis
Para quienes están aprendiendo a crecer sin endurecerse.
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