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Libro I · El Origen · Capítulo II

La Partitura de los Reinos

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Tras el Primer Baile, el vacío dejó de estar vacío.

Las energías ya no vagaban perdidas entre los restos de la creación. Se habían reconocido. Habían encontrado una melodía común, un pulso antiguo que las llamaba unas a otras y las guiaba hacia un mismo destino.

Pero no todas cantaban igual.

Algunas tenían voces profundas, ondulantes, llenas de memoria y misterio. Cuando se unieron, su canto se volvió líquido, inmenso, indomable. De ellas nacieron los mares de Vaalbará: aguas eternas que no solo reflejaban el cielo, sino también los recuerdos de todo lo que alguna vez había amado, perdido o soñado.

Otras energías eran verdes, suaves y pacientes. Se movían despacio, como si conocieran secretos que aún nadie estaba preparado para escuchar. Al entrelazarse, hundieron sus raíces en la tierra recién nacida y levantaron arboledas infinitas, praderas de pasto brillante y bosques donde cada hoja guardaba una promesa.

Hubo energías doradas, cálidas y radiantes, que no sabían permanecer quietas. Giraban con fuerza, encendiendo todo aquello que tocaban. De su unión brotaron los soles, las llamas sagradas, los campos bañados por la luz y los corazones valientes que un día aprenderían a arder sin consumirse.

También estaban las energías blancas, pequeñas y luminosas, separadas unas de otras por distancias imposibles. Parecían solitarias, pero no lo estaban. Todas seguían el mismo pentagrama invisible, unidas por una música que cruzaba la oscuridad sin romperse jamás. De ellas nacieron las estrellas: guardianas silenciosas del cielo, testigos de los deseos que se susurran cuando nadie escucha.

Las energías plateadas, serenas y cambiantes, se reunieron en torno a la noche. No brillaban como el sol ni ardían como el fuego, pero sabían guiar a quienes caminaban perdidos. De su canto nació la luna, y con ella los sueños, las intuiciones, los presagios y todas aquellas verdades que solo se revelan en silencio.

Así fueron naciendo los reinos.
El Reino de los Mares. El Reino de los Bosques.
El Reino del Sol. El Reino de las Estrellas. El Reino de la Luna.

Y muchos otros, todavía dormidos bajo la piel de Vaalbará, esperando a que alguien pronunciara su nombre.

Cada reino tenía su propia voz, su propio ritmo, su propia forma de existir. Algunos rugían como tormentas. Otros susurraban como pétalos al caer. Unos crecían hacia el cielo, otros se escondían en las profundidades.

Pero todos seguían los mismos tiempos. Todos obedecían a una misma melodía primera. La Partitura de Vaalbará.

Aquella partitura no estaba escrita en papel, ni grabada en piedra. Vivía en el latido del mundo. Marcaba las mareas, el crecimiento de los árboles, el paso de las estaciones, el brillo de las estrellas y el nacimiento de cada sueño.

Y aunque cada reino la interpretaba a su manera, ninguno podía separarse del todo de ella.

Porque Vaalbará no era solo tierra, agua, cielo y luz.
Vaalbará era una canción.
Y cada reino, una nota distinta dentro de la misma eternidad.

La Partitura de los Reinos