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Reino de las Estrellas · Capítulo III

Auren

El brazalete de las constelaciones doradas
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Auren nació en una noche sin luna.

El cielo estaba oscuro, profundo, inmenso. Las estrellas brillaban con tanta claridad que parecía posible leer en ellas el destino de todas las almas de Vaalbará. Pero no todas las constelaciones estaban completas. Había pequeños puntos de luz separados por distancias enormes. Estrellas que no sabían que pertenecían al mismo dibujo. Cada una brillaba sola, cumpliendo su compás, sin imaginar que desde lejos alguien podría verlas como parte de una misma historia.

El Reino de las Estrellas contempló aquella soledad dispersa y sintió ternura. Entonces llamó al oro del amanecer.

Un hilo dorado ascendió desde el Reino del Sol y cruzó el cielo lentamente, no para atar a las estrellas, sino para recordarles que podían estar conectadas sin perder su lugar.

Una a una, las pequeñas luces fueron uniéndose sobre aquel hilo. No se acercaron demasiado. No dejaron de ser ellas mismas. Pero al mirarse desde la distancia correcta, descubrieron que juntas formaban una constelación nueva: elegante, firme, serena. Una figura hecha de luz y espacio. De presencia y libertad.

Cuando el amanecer llegó, el hilo dorado descendió a Vaalbará convertido en brazalete.

Así nació Auren. Una joya creada para quienes entienden que la verdadera conexión no encierra. Para quienes aman sin poseer. Para quienes acompañan sin apagar. Para quienes brillan sin necesitar ocupar todo el cielo.

Dicen que quien lleva Auren alrededor de la muñeca recuerda que incluso las estrellas más lejanas pueden formar parte de la misma constelación. Que no hace falta estar pegadas para estar unidas. Y que algunas luces no se encuentran por casualidad. Se reconocen porque siempre pertenecieron al mismo dibujo.

Auren
La joya de este capítulo
Auren
Para quienes entienden que la verdadera conexión no encierra.
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